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Origen de un infierno

Por Zaira Rosas

zairosas.22@gmail.com

El número de muertos por la tragedia en Tlahuelilpan, Hidalgo, ha subido a 79 cuando me dispongo a escribir, los titulares internacionales hablan de “México en llamas” y de inmediato me remonto a una de las obras de Juan Rulfo, pienso en la pobreza descrita en sus historias, en la humildad de su gente y la necesidad que siempre ha retratado a gran parte de la población de nuestro país.

Leo una crónica de lo acontecido y no puedo evitar sentir dolor, preguntarme en si algo así pudo evitarse, pensar en la angustia de las familias y en los cuerpos calcinados en medio de un infierno. ¿Qué lo originó? ¿fue la corrupción? ¿fue la falla constante de un gobierno que no ha sabido atacar un problema? ¿la falta de prevención o la omisión de acciones oportunas?

Desgraciadamente fuimos todos, fue la indiferencia, la falta de una educación adecuada, la ignorancia y sobre todo la pobreza. Esta última siempre ha ido ligada a la corrupción, porque permite la manipulación de intereses a beneficio de quienes más tienen, pone a los más vulnerables al servicio de delincuentes y hace más fácil justificar el crimen bajo el hambre.

La pobreza atacó a quienes murieron calcinados, escucharon sobre los riesgos, recibieron advertencias, pero, ¿realmente sabían lo que podría ocurrir?, francamente lo dudo. Cuando la miseria reina, cualquier oferta de bienestar suena tentadora, por ello toda la población estaba en medio de combustible, porque cada gota derramada era dinero, era una oportunidad para ellos. No es justificable para muchos, más no por ello merecían semejante fin.

El castigo debe escalonarse a los criminales, a todos aquellos que nunca se manchan, que no aparecen y que no figuran en las lista de más buscados. Los causantes de esto también hemos sido nosotros, que por temerosos callamos o por conveniencia dejamos de juzgar, pretendemos no ver o escuchar aún a sabiendas de que el mundo arde.

Y no sólo se vive un infierno por el robo de combustibles, la vida se juega cada vez en más ámbitos, en el robo de autopartes, en el asalto a trenes, el robo de camiones o incluso cuando se presentaron los saqueos a distintas tiendas de autoservicio y centros comerciales, donde pareciera que la ley no existe y vivir en el caos se vuelve justificable.

Concuerdo con el Presidente al decir que el problema ha sido el abandono, no sólo a jóvenes sino a la población en general. Abandonamos a los más pobres, parchando su necesidad con programas sociales, abandonamos a la juventud dejando que su educación menguara y las oportunidades para ellos disminuyeran. Nos centramos en el apoyo a otros países olvidando que nuestra gente también sufre y necesita de ayuda para salir adelante.

Todo esto nos llevó a un punto donde gran parte de la población buscó salidas fáciles, se convenció de que era la única forma de salir adelante y en medio de la pobreza sucumbió ante quienes buscan desestabilizar con tal de seguir robando y enriqueciéndose a costa del ilícito.

La lucha para lograr invertir el caos será ardua y requiere mayor preparación, planeación y organización de la mostrada al momento, requiere un trabajo conjunto entre organizaciones civiles, ciudadanos y gobiernos, pero sobre todo urge dejar de marcar diferencias que generan odio y choques entre los mexicanos, debemos comenzar a colaborar como unidad, pensando en un bien general que no distinga condiciones y que a la larga beneficie a todos.